LOS DOGOS
un cuento de Marcelo Dos Santos
(de la colección Últimas Visiones)
Los había
comprado de cachorros.
Habían sido
su anhelo durante más de treinta años, y, cuando los tuvo, fue
feliz.
El abuelo hablaba
poco.
En el barrio, el difícil
Hendriksson de su apellido había sido reemplazado por un mote: "el
viejo de los dogos".
A veces, siendo yo
un muchacho, pasábamos horas y horas en el jardín de su vieja
casona de Hurlingham, él, yo y los tres dogos.
En realidad, ahora
que lo pienso, eran perros extraños.
Siempre me había
llamado la atención el hecho de que los dos machos nunca persiguieran
a la hembra, ni siquiera en las épocas en que todas las perras de la
vecindad estaban incuestionablemente en celo.
Pero, cuando uno es
joven, siempre tiene cosas más importantes que hacer, y tiende a olvidar
pronto esos detalles.
Toda mi
familia la constituían mi madre, residente en Panamá, y el abuelo
Lars, enclaustrado en esa casa que su padre, inmigrante sueco, había
construído con sus propias manos.
Él y los perros.
Acostumbraba ir a
su casa, aceptar alguna golosina que él siempre reservaba para mí,
y acompañarlo a pasear los dogos por el parque.
Eran casi humanos,
con los horribles colmillos desmentidos por sus suaves ojos líquidos.
Su expresión era siempre tan extraña que creo que jamás
la olvidaré.
Yo los quería.
Crecí,
me hice hombre, y, de pronto, un día de octubre llegó a mi vida
Lidia.
Poco después
nos casamos, y fuimos a vivir al departamento que yo pagaba con el dinero que
mi madre me giraba todos los meses, puntual como el verano; pero esto no bastó
para que mis visitas al abuelo Lars cesaran.
Él pareció
encantado de conocerla, y, desde entonces, se hicieron habituales las interminables
veladas junto al fuego de la chimenea, el café y el cognac.
Y a veces... el gruñido
de los perros en el fondo.
Lo recuerdo
bien. Fue a principios de la primavera.
Bajé del auto,
y ví al abuelo trabajando en el jardín del frente.
-¡Abuelo!
-¡Juan! ¡Viniste!
-Era hora, ¿no?
-La última
vez fue hace dos meses. ¿Qué pasó?
-El maldito interinato,
ya sabés. Me vuelve loco.- dije.
-¿Cómo estás?
-Bien, abuelo. ¿Y
los perros?
Su mirada se ensombreció.
-Silvia murió.
Mi mirada sorprendida
debió parecerle incredulidad.
-Murió.- repitió,
y con esto dio por terminada la conversación.
La siguiente
vez fui a su casa con Lidia. Con ese sutil sentido que confiere un conocimiento
de muchos años, me dí cuenta de que desde la muerte de la perra,
los dos machos no habían vuelto a ser los mismos. Su extraño comportamiento
sexual vino a mi mente desde rincones olvidados de la memoria, y la actitud
taciturna del abuelo sólo contribuyó a aumentar mi preocupación.
Era de noche, bebíamos
junto a la chimenea, y, mientras mi esposa o yo hablábamos de lo que
haríamos y dejaríamos de hacer, el abuelo escuchaba expectante,
como al acecho de algún leve sonido que nosotros no éramos capaces
de notar.
Entonces los oí.
Hacían un ruido
infernal. Ladraban, aullaban y gemían desesperadamente, y sus lamentos
eran espeluznantes.
-¿Por qué no
los vas a buscar, Juan?
Obedecí.
Salí de la
casa y la rodeé por el caminito hasta llegar al fondo.
Los perros salieron
a mi encuentro.
-Niels, Jan... ¿Qué
pasa?
Un par de nerviosos
gruñidos fueron su única respuesta. Animándolos a seguirme,
me dirigí hacia la casa.
El desasosiego de
los dogos aumentaba conforme me acercaba a la sala y, en el instante mismo en
que yo abría la puerta, se precipitaron adentro, abalanzándose
sobre Lidia.
El abuelo, que estaba
fumando en su sillón, reaccionó de inmediato, aún antes
que yo.
Tomó a Niels
por las orejas, levantándolo hasta que las cuatro patas dejaron de tocar
el suelo, al tiempo que esquivaba un furibundo tarascón que hubiera decapitado
a una persona de reflejos más lentos.
Mientras Lidia, en
el piso, luchaba con desesperación para librarse de Jan, mi decisión
fue más drástica: tenía que defender a mi esposa.
Sobre la chimenea,
mi abuelo colgaba uno de sus tesoros más preciados: un Winchester 73
a palanca, que conservaba siempre limpio, aceitado y cargado.
Lo tomé e inspiré
profundamente para apuntar sobre Jan. Era estúpido y era peligroso, pero
no pude evitarlo.
-¡No, Juan! ¡No tires!-
gritó el abuelo, y esto me devolvió algo de serenidad.
Empujó a Niels
hacia mí hasta que pude darle un puntapié en las costillas y sujetarlo
por el collar, mientras él tomaba de la misma forma a Jan, salvando a
Lidia de los dientes lobunos de la bestia.
Ella se puso en pie
por sí misma, temblando de terror y sangrando por infinidad de pequeñas
heridas y rasguños. Estaba helada, y lloraba convulsivamente. La abracé.
Su cuerpo estaba tenso y una capa de espuma cubría sus labios.
Entretanto, el abuelo
se las arreglaba para calmar a los animales.
Fue entonces cuando
me dí cuenta: sus penes dilatados mostraban unas furiosas erecciones.
Mientras los encerraba, el abuelo dijo:
-Están celosos.
Cuando el
incidente quedó olvidado, unas semanas después, regresamos a la
casa del abuelo, y, con los perros convenientemente encerrados, la botella de
cognac volvió a escanciar su contenido en nuestras copas.
La casa estaba en silencio.
Yo había salido
a comprar cigarrillos, y puedo jurar que no estuve fuera por más de diez
minutos.
Penetré por
los fondos, tal como solía hacerlo en las tardes de mi infancia, saltando
la tapia.
Silencio.
Me acerqué
al canil. Estaba vacío. Las puertas rotas colgaban de sus goznes. El
alambre tejido había sido destrozado a dentelladas.
Corrí hasta
la casa, y, en cuanto hube abierto la puerta, me acometió un terror ciego.
Dos masas del color
de la nieve me golpearon en las piernas y, tras derribarme, desaparecieron en
el jardín.
Había sucedido,
oh, Dios, había ocurrido.
Lidia estaba sobre
la alfombra, muerta.
Sus ropas desgarradas
dejaban ver la blancura de su piel, y su pecho hecho jirones insinuaba las costillas
al descubierto.
Pero un detalle, tan
horrible que apenas puedo contarlo, llamó mi atención.
No necesité
examinarla para comprenderlo en un instante: había sido violada.
El abuelo yacía
en el sillón que siempre había sido su favorito, limpiamente degollado
por los colmillos de los dogos.
Lentamente, como en
un sueño, giré la cabeza y un brillo acerado me dio en los ojos.
El rifle relumbraba a la luz de la luna.
Lo descolgué.
En el jardín
se oían los aullidos demenciales de los dogos.
Enjugando una lágrima,
con el arma firmemente empuñada, salí de la casa.
© (sobre la obra) 2000 by Marcelo Dos Santos, Buenos Aires, Argentina - Asesor Técnico Legal: Dr. Miguel A. Egido - Queda hecho el depósito que marca la Ley 11.723 - Registro de la Propiedad Intelectual Nº 50040 - Es propiedad del autor - Todos los derechos reservados a nivel mundial