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L o g o s

 


© 2000 by Marcelo Claudio Dos Santos, Buenos Aires, Argentina
© sobre la ilustración: 2000 by Hans-Rudi Giger

 

El sol casi había llegado al cenit y Euber esperaba la Cosa del Día en medio del llano que circundaba el poblado.
La brillante luz de la estrella agonizante arrancaba un pálido reflejo a sus cabellos rubios, más largos que los de cualquiera de las mujeres. Nada ocurría desde hacía más de tres días y Euber, como todos los demás habitantes de la aldea, sabía que si pasaba uno más sin que ninguna Cosa cayera del cielo, tendrían que celebrar una Fiesta.
Tenían noticias de que un caserío cercano, del cual los exploradores de la aldea habían visto las ruinas, había recibido la radiación y la muerte por hambre como castigo por su demora en iniciar la celebración.
Euber no era viejo, pero recordaba cuatro Fiestas. En todas ellas, los que habían entrado por la Puerta eran jóvenes de su generación, todos voluntariamente. Si bien no era frecuente, los mayores solían contar historias acerca de Fiestas de la Puerta en las que nadie se había ofrecido como voluntario. En esos casos, se decía, el Consejo debería designar al poblador de mayor edad -casi siempre un miembro del propio Consejo- sin importar su sexo, y se lo intimaba a entrar por la Puerta. Dos o tres horas después, las Cosas comenzaban a caer nuevamente del cielo, Cosas brillantes y con patas, Cosas cargadas de alimentos, ropa y medicinas que evitaban o curaban las enfermedades: las Cosas, en suma, que los mantenían con vida.
Hacía siete horas que Euber esperaba a las Cosas en el llano, y las había ocupado pensando en Nusk. Era la primera hembra que se le había asignado, y era suya desde hacía seis meses. Ahora, ella evidenciaba un avanzado estado de preñez. La hermosa y dulce Nusk, con sus ojos claros y su ondulado cabello. Era bueno pensar en ella, y era bueno saberla cerca.
Euber pensó en llevarle un regalo, un collar de conchillas, por ejemplo. Pero la orilla del mar estaba lejos, y él no podía abandonar su puesto de observación. Se prometió que madrugaría al día siguiente para recogerlas. El camino de regreso al pueblo hubiera sido tedioso de no haber sabido que Nusk se encontraba a su término. La Cosa del Día no había caído, entre humo y llamas rugientes, y todos sabrían de inmediato lo que debían hacer. Uno de ellos entraría por la Puerta, abandonándolos para siempre, y los demás recibirían las Cosas, y recordarían el nombre del ausente con respeto. Esta vez, el de mayor edad era Delbet. Íntimamente, Euber deseaba que no hubiera voluntarios, para que el poblado clamara por el sacrificio de su rival. Hacía bastante tiempo que se molestaban el uno al otro, más exactamente desde la última Elección de Pareja, cuando ambos habían competido por Nusk y Euber había ganado. Delbet se había sentido frustrado cuando el Consejo asignó la mujer a Euber, y aún hoy hacía lo posible por demostrarlo.

Entró en la aldea por el Puente del Río, y se encaminó hacia la choza de Lacoze, uno de los Consejeros. Lacoze era un muchachito de quince años, que había sido elegido la última primavera para el cargo, debido a su brillante inteligencia.
-Salud, Eminencia.
-¡Ah, Euber! ¿Qué pasó?
-La Cosa del Día no ha venido. Me temo...
El otro asintió, interrumpiéndolo. -...Que tendremos que celebrar otra Fiesta. Euber guardó silencio. -Bien. Gracias, Euber. Lo anunciaré ante el Consejo por la mañana. Adiós.

Euber se encaminó lentamente hacia su propia choza, situada a pocos metros de la de Lacoze.
A medida que se acercaba, un ruido, una especie de susurro, hizo que se detuviera. Venía de su cabaña.
Estaban de pie: Nusk apoyada contra el marco de madera que sostenía la puerta, Delbet oprimiendo el dilatado vientre de ella contra el suyo, resollando como un cerdo mientras le besaba el cuello. Hacían el amor.
Ardientes lágrimas asomaron a los ojos de Euber, y tuvo que luchar consigo mismo para no lanzarse sobre ellos y matarlos. Pero no lo hizo, y esa noche durmió en el campo, bajo las estrellas.

-Debo hacerlo, Eminencia.
-Está bien, Euber. Sabes que no voy a intentar disuadirte.- dijo Lacoze.
-Lo agradezco, Eminencia. Voy a prepararme.
-Bien.-se volvió a uno de sus sirvientes- Anuncia la Fiesta- dijo.

Ya que el candidato a la Puerta tenía que renunciar a la vida material, debía destruir sus posesiones terrenas.
Euber quemó su cabaña, tiró al mar sus trofeos y ornamentos y enterró sus armas en el desierto. Luego cedió a Delbet su contrato matrimonial.
Esa noche permaneció sentado junto a la hoguera bebiendo, mientras los demás danzaban y celebraban los ritos que prescribía la liturgia de la Fiesta. Por fin, se durmió.

A la mañana siguiente, Euber, seguido por todos los habitantes de la aldea, se presentó ante la Puerta.
Era una enorme excavación en la pétrea ladera de la montaña, distante pocos kilómetros del pueblo, que en tiempos remotos había sido cerrada con dos poderosas hojas de bronce.
En el portal, a un costado, se veían un pulsador y una luz roja. Lacoze se adelantó hasta él y le tendió la mano.
-En nombre del poblado, te doy las gracias, Euber. Algún día nos encontraremos de nuevo... en el interior de la montaña.
Euber no respondió. Aceptó el saludo y oprimió el pulsador. La luz roja se volvió verde, mientras las pesadas puertas giraban sobre sus goznes.
Una negra oquedad en la piedra quedó al descubierto, ocupada sólo por la oscuridad y el silencio.
Entró sin volver la cabeza.
Mientras las puertas se cerraban tras él, oyó la odiada voz de Delbet que decía: -Hermanos: damos hoy el adiós a uno de los nuestros, uno de los buenos, uno ante quien se abre el camino de la Liberación...
Luego, por un instante, no pudo ver nada en absoluto.
De repente, el túnel en el que se encontraba se le mostró en su totalidad, iluminado suavemente por una luz de incierta procedencia. Mediría, quizás, quinientos metros, y al final se divisaba una puerta idéntica a la que acababa de dejar atrás, provista, como aquella, de un pulsador y una luz.
Euber oprimió el botón.
La Segunda Puerta daba a una pequeña habitación, cuyas paredes eran del mismo material brillante que las Cosas. Ni bien hubo entrado en ella, las puertas se cerraron en silencio.

-¡Oh! ¡Has llegado, Hombre! La voz era, con mucho, más imponente que el aspecto de su propietario.
Euber creyó haberse vuelto loco. Al abrirse la puerta, el largo pasaje se había esfumado. En su lugar había un recinto enorme, más gigantesco que cualquiera que el muchacho pudiera haber imaginado, ocupado casi totalmente por máquinas, tubos, cables y otros objetos y artilugios que él desconocía. Sin embargo, imaginaba que debían funcionar por sí mismos, tanto le recordaban el interior de las Cosas que había visto estrellarse en las afueras de su poblado durante todos los días de su vida.
Frente a él se encontraba un hombre pequeño, esmirriado y de aspecto ratonil; lo miraba sonriendo y lo invitaba a salir del pequeño habitáculo.
-Soy Lamé, pero todos me conocen como Carón.- dijo el hombrecito.
-Soy... Soy Euber.
-¿Euber, eh? Bien, hijo. Voy a explicártelo todo.
-¿Dónde estoy? -En el centro del planeta. Estás parado dentro de un pequeño ascensor. Él te ha conducido hasta aquí. Y ésto, -dijo, abarcando con un amplio ademán la colosal confusión de aparatos y máquinas- ésto es Logos. En realidad, lo que ves es menos de la diezmillonésima parte de Logos. Porque, hijo mío, sólo la superficie del planeta es natural. Todo lo demás es Logos. En verdad, casi podríamos decir que no hay un planeta aquí. Sólo Logos, cubierta por algunos metros de tierra.
-¿Logos? -repitió Euber, con voz temblorosa.
-Logos. Logos es todo lo que es. Logos es todo lo que hay. Logos hace todo. Logos me mantiene con vida. Ella evita que la gravedad de este lugar nos destroce, ella nos alimenta, ella nos da todo. Ella es todo. Ella es la que envía a los poblados los módulos de supervivencia cargados de cosas útiles, desde sus bases en el hemisferio oriental. Ella suspende los embarques cuando le falta energía. Porque, muchacho, Logos funciona con energía orgánica, energía neuronal.
Euber lo miraba azorado, haciendo esfuerzos por comprender. Carón, sin mirarlo, continuaba:
-De manera que, cada cierto tiempo, necesito un ser humano joven y sano que desee integrar su sistema nervioso con el de Logos. He tenido que convencer a algunos por la fuerza... pero Logos ha perfeccionado, a través de los siglos, un sistema de sugestión hipnótica que nunca ha fallado. Hmmm... Veamos...
El hombre movió unos mandos en una máquina, y... Euber vio.
Euber vio a sus padres, a sus hermanos, a Nusk y a todos los demás seres que él amaba.
Vio a su hijo no nacido llamándolo desde el interior de un estrecho nicho de metal, un pequeño féretro empotrado en la pared.
Finalmente, se acomodó en él, ayudado por Carón.
El sol corría por el cielo, las máquinas zumbaban, y Euber, dormido, se integraba a Logos.


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