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Los Amuletos Encarnados

(Prefacio a Últimas Visiones, de Marcelo Dos Santos)


© 2002 by Manuel Lozano, Buenos Aires, Argentina

 

 

“Et partout le rumeur, comme un beau rouet grave

Des larves qui éclosent et des eaux qui passent”.

Stéphane Mallarmé

 

         Ya pocos recuerdan que el hebreo Hiram Abid fue un prestigioso arquitecto, escultor y grabador de la tribu de Leví. Presentado por la reina de Tebas a la corte de Salomón (que en ese tiempo estaba construyendo el Templo), el monarca sabio le otorga el anhelado cargo de Arquitecto Superior, al mismo tiempo que lo inicia en la ciencia de los pactos secretos. Un pequeño amuleto de metal con la imagen de un Dragón Rojo sella el contrato entre ellos. Hiram Abid, hijo de una melancólica viuda, sonnoliento y empobrecido, no deberá desprenderse jamás de él, obedeciéndole ciegamente y repitiendo -siempre al alba- los terribles ensalmos que Anacharsis reveló a Moisés, antiguo depositario del Dragón.

            Nada sabemos del final de este amuleto, ni de los días ulteriores de Hiram Abid. La historia se detiene en las formas externas del emblema y los rituales o llamamientos que sostienen su permanencia de este lado. Una invocación, lo sabemos, puede borrar la trama que la genera, como un relámpago poseso quiebra por un instante la línea de horizonte, o la atraviesa, imantado. Esos momentos no admiten un desglose interpretativo: son en la trama las puertas mismas de la percepción, para usar una metáfora cara a Blake y a Huxley.

            Análogamente, en The man of the crowd, el inactual inventor Edgar Poe vindica esta tesis. Nos señala voluntariamente al principio y al final del relato: "(...) Se ha dicho muy bien de cierto libro alemán que er lasst sich nicht lesen (que no se deja leer). Hay secretos que no admiten ser descubiertos. Unos hombres mueren en sus lechos por la noche estrujando las manos de espectrales confesores y mirándolos lastimosamente a los ojos; otros mueren con la desesperación en el corazón y convulsiones en la garganta, a causa del horror de los misterios que no permiten ser revelados. De cuanto en cuando, ¡ay!, la conciencia humana soporta una carga de tan pesado horror, que no puede desprenderse de ella más que en la tumba. Y por eso queda sin divulgar la esencia de todo crimen."

            Como el talismán de Hiram Abid, o las especulaciones del hombre de la multitud de Poe, los relatos de Últimas Visiones, de Marcelo Dos Santos, se nos presentan como una busca despavorida de un Secreto imposible (por inviolable), Secreto que ha extraviado e infringido alguna ley no menos misteriosa al endeble mundo de los hombres. Dos Santos nos presenta, ab initio, los anómalos paisajes de mundos que se erizan al mero contacto con la piel, que se saben ya desdoblados y monstruosos, asumiéndose en esa ambigua y legendaria identidad que los corroe, polifónica o desatinada, que puede unir a un personaje tan ajeno a sus contemporáneos como "el Fenicio" con un crimen en un planeta de dioses hermafroditas, o a una variante de los criptogramas de Cornelio Agripa  con las grutas casi sobrenaturales de Vallecito, en Argentina.

         Últimas Visiones postula a cada texto como la residencia-heredad de un Secreto-Vestigio-del-Caos-Primigenio, del que es efecto y, desde cierto punto de vista, hábil depositario. Es el fuego de Heráclito de Éfeso, devenido en logos. Es el nombre cabalístico Azatoth, trazando elipses desde una oscuridad fabulosa, hundiéndose y escalándose alternativamente. Es el Todo-uno, Yog-Sothot, vehículo de Azatoth y puerta al vacío, en su reverso -o contra manifestación- el fuego cardinal de las resurrecciones. Es el caos cíclico Nyarlatothep, que, a semejanza de la esfera de Pascal, cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna, vaga ubicuo y nebuloso. Es el macho cabrío de los bosques, aquel Shub-Niggurath, viscoso amante de una fresca juventud que le resulta ajena pero tan imprescindible, y que Dos Santos hace regresar a sus contemporáneos. Es Cthulhu, y, por qué no, la Voz elemental de los Primordiales, ésta solar Hastur, magnífica altura y asterismo del aire para el presocrático que acaso la atisbara también.

H. P. Lovecraft, autor admirado y estudiado por Dos Santos, planea sobre todas las ficciones del libro (ya sea como presencia tutelar a través de un acápite o un intertexto, o como agazapada ausencia junto al brillo de un crimen en el caso modélico de "La centella cayó y vi los álamos"). El influjo del solitario de Providence, no impide, de manera alguna, la resignificación de tópicos comunes o paralelos a la science fiction: la conciencia desdoblada y paridora de criaturas más allá o en contra de toda lógica, la ruptura de las identidades, y una metafísica inaugural que devora las leyes de la ciencia. 

Siempre urgirá el deseo de trasponer esa puerta de la percepción (1), esa puerta al vacío, y se pagará muy caro (tal vez demasiado) la osadía inconsciente: verdadera hybris oscura. Marcelo Dos Santos conoce ese riesgo, pero se enfrenta a él con valentía y con ausencia de miedos previsibles. En "La vigilia", estrechamente vinculada con "La bestia de la cueva" de la que procede el epígrafe, los materiales utilizados son llevados a su mínima expresión. La metáfora exacta del viaje, que define a la literatura misma, se presenta en la excursión de los espeleólogos.

El narrador, casi una voz de Lovecraft, advierte hallarse "sobre el nivel de las aguas subterráneas". ¿No es éste acaso el feroz topos de la escritura? ¿No será la vía de acceso a las cavernas y grutas que no deben hollar pies humanos? ¿O será nada más que una parodia o pantomima de la especie, otra lícita lectura del universo?  Mientras tanto, el personaje no advertirá mutaciones hasta tanto padecer una catábasis de doble validación: hundimiento en el pozo de mil setecientos setenta y cuatro metros, hundimiento y metamorfosis de una identidad en monstruo.

Ya se sabe: la criatura "advierte" por ausencia, por saturación de una ausencia que llena y que se va llenando. Este hombre cae para regresar a un taxativo estadio zoológico, por cierto insufrible. Basten estos dos ejemplos: "(...) Soy un ser monstruoso que corre en las tinieblas: mato y reino." O: "Ya no puedo suicidarme. Los animales no se suicidan." Con no menos espléndido remate, el autor culmina las desasosegada experiencia a manera de una plegaria que nos recuerda ciertos relatos de William Hope Hodgson y Algernon Blackwood, afines a la tradición de la Golden Dawn. De nuevo, también, "las largas travesías" de Lovecraft:


“¡Señor de lo profundo, rey de lo terrible!
Ya no soy humano...
¡Ayúdame!
¡No me dejes solo!
¡No puedo pensar...!"

             Northrop Frye anheló, a mediados del siglo XX, una crítica que entendiese al texto literario como un cuerpo vivo, orgánico, pero a la vez intemporal y ajeno a las meras articulaciones históricas o estilísticas. Su anhelo se cumplió a medias, pero nos legó el malestar que asume la libertad frente al muro. ¡Dichoso malestar! ¡Dichoso crimen el de la escritura! Hoy podemos leer y releer esta obra desde los lugares más disímiles, hundiendo nuestro exasperado asombro ante el objeto. Estos relatos de Marcelo Dos Santos crecen en la imaginación del lector, que los nutre con sus anacronismos; siguen creciendo, como el irisante Dragón esculpido de Moisés y de Salomón.

            En la infusa tradición -ahora renovada- de Pitágoras, Platón, Marsilio Ficino, Cornelio Agripa, Hermes Trimesgistos, y modernos como Sheridan Le Fanu o Frank Herbert, escribe y reescribe sus relatos Marcelo Dos Santos. Hasta "la orgásmica armonía de la suma perfección que sólo se encuentra (...) en el instante mismo de la muerte", como declara el narrador del brevísimo texto que da título a la colección, y que resulta una brillante biografía-homenaje a Poe . Es decir, que escribe por detrás de las jaulas tramposas de la apariencia hasta la magnífica altura del aire que, en el final de los finales, se resuelve en luz. Luz de amuletos encarnados, encarnándose.

Buenos Aires, julio-agosto de 2002

 

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(1) En "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius", Borges señala otra versión del mítico acceso: "...En una noche del Islam que se llama La Noche de las Noches se abren de par en par las secretas puertas del cielo y es más dulce el agua de los cántaros; si esas puertas se abrieran, no sentiría lo que en esa tarde sentí." (De Ficciones, Emecé, Buenos Aires, 1963, pág. 18).