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LA VIGILIA

por Marcelo Dos Santos

(del libro Últimas Visiones)

 

"La criatura que yo había matado, la extraña bestia de la cueva maldita,

era -o había sido alguna vez- ¡un hombre!".

H. P. Lovecraft: "La Bestia en la Cueva"

 

La expedición se planeó, creo, en el verano de 1983. Gerardo y yo habíamos aprobado el curso de supervivencia, y la Sociedad de Espeleología nos brindaba, por fin, su carta blanca.

No fue problema hurgar en los trabajos de los exploradores y obtener los planos y los relevamientos topográficos, las cartas y las triangulaciones necesarias para emprender la aventura...

Tuvimos que esperar hasta el invierno. Ésta es la estación más seca, lo que brinda cierta seguridad sobre el nivel de las aguas subterráneas. Ése es uno de los mayores peligros de las cavernas horadadas sobre terrenos calcáreos: una lluvia inoportuna puede hacer que un hilo de agua se convierta en un torrente y llene hasta el tope la cueva donde uno se encuentra.

Pero ese invierno no llovió en Vallecito.

Éramos cinco: Gerardo, su esposa Mariana, Héctor, Luis y yo. Luis era el guía: veterano de tres visitas a la gruta, nadie conocía mejor que él los sectores explorados. ¿Las áreas restantes...? Misterio.

La entrada a la cueva no era nada extraordinario: un simple agujero en el suelo. Un observador desprevenido podría haberlo tomado por una madriguera de vizcachas o mulitas.

Pero adentro...

¡Oh, Dios! Luego de arrastrarnos por un estrecho túnel de arcilla, nos encontramos en una gruta tan inmensa como la Basílica de Luján: el piso, en suave declive, conducía hacia el norte. Grandes columnas de materias calcáreas brillaban al reflejo de nuestras luces; estaban cubiertas de partículas de sal cristalizada.

Era un espectáculo maravilloso: las estalactitas pendían del techo como espadas ciclópeas; titánicos pedestales subían a su encuentro.

El silencio era total: nosotros conteníamos la respiración, embelesados por esa visión grandiosa. De vez en cuando, una gota de agua caía desde el techo; todos nos volvíamos entonces en la dirección del ruido.

No sé cuánto tiempo pasamos allí, contemplando tanta belleza; luego, Luis nos ordenó avanzar.

El túnel tenía, al comienzo, la altura de dos hombres. Al poco tiempo, debimos agacharnos para continuar avanzando. La voz grave de Luis, a la cabeza, nos instaba a seguir: "¡Adelante, adelante!". Pero era cada vez más duro. En media hora de camino habíamos avanzado sólo doscientos metros, y siempre hacia abajo. Ahora reptábamos sobre el pecho en el seno de una grieta muy estrecha y horizontal; habíamos debido renunciar a llevar los cascos puestos: cada uno iba empujando el suyo ante sí.

Las escenas de claustrofobia se sucedían en nuestras mentes. Yo era el segundo de la fila.

¿Qué sucedería si Luis tenía problemas, o simplemente descubría que había equivocado el camino, o que la grieta terminaba en un punto ciego? ¿Qué diabólica tortura nos aguardaba si nos veíamos obligados a retroceder, sin ver por donde íbamos, urgidos por la prisa de los demás, sin poder siquiera volvernos sobre la espalda para alumbrar el camino?

Era mejor no pensar. Mecánicamente, continuamos avanzando.

La grieta no era ciega, pero Luis había, efectivamente, equivocado el camino.

Catorce horas después de nuestro ingreso a la caverna, la hendidura se abrió a la boca de un pozo tan profundo que la luz de los cascos y las linternas no llegaba a iluminar su fondo. Era casi perfectamente vertical, pero la fugaz esperanza que Luis nos insufló ("¡Salvados! ¡Una chimenea!") desapareció en un instante. El techo se hallaba sólo un metro más arriba de la grieta por la que habíamos aparecido.

Luis clavó las grampas y colocó mosquetones para que todos pudiéramos sostenernos en las paredes del pozo, ya que sólo podíamos asomarnos a la hendidura uno por vez.

Lanzamos una piedra por el hueco: tardó catorce segundos en alcanzar el fondo. Mil setecientos setenta y cuatro metros. Imposible bajar escalando.

Nada en el mundo hubiera podido obligarnos a regresar a la grieta.

Estábamos perdidos, y más allá de toda ayuda posible. Deberíamos salir por nuestros propios medios.

Todos teníamos cientos de metros de cuerda de nylon fuerte y resistente, y eso fue lo que me salvó la vida, ya que en ese momento mis grampas se soltaron y me caí.

Haber puesto las grampas auxiliares como era debido impidió que golpeara contra las paredes durante mi caída, pero aún no he logrado explicarme cómo sobreviví... Cuando llegué al extremo de las cuerdas, quedé solo, pendulando estúpidamente como una oveja muerta.

Arriba, muy lejos, podía ver las luces de los cascos de mis compañeros, moviéndose y agitándose. Yo sabía que, en la posición suspendida en que se encontraban, no podrían hacer fuerza para subirme.

Pasó mucho tiempo.

Sumido en estas meditaciones, y escuchando las voces de mis amigos en las alturas, la conciencia me abandonó y entré en el sopor de la muerte.

Desperté muchos cientos de metros más abajo, en la más completa oscuridad. Mis luces se habían apagado. Nunca más pude volver a hacerlas funcionar.

Estaba tendido de espaldas sobre una enorme masa de musgos, tan mullida y suave que había hecho las veces de cama elástica, amortiguando mi caída.

Nunca lograré saber si la cuerda se cortó espontáneamente, o si mis compañeros la cortaron creyéndome muerto, dada mi inmovilidad.

Así tiene que haber sido, pues debo haber estado desmayado muchas horas.

Imagino su desesperación al comprender la imposibilidad de mi rescate, su desazón y su impotencia.

Casi puedo verlos, regresando derrotados a la grieta, incapaces de llegar hasta mí para ayudarme.

Vencidos, angustiados, deben haber creído preferible asesinarme piadosamente aserrando la soga que me sostenía, antes que verme enloquecer, solo y abandonado, hasta perecer lentamente de hambre y sed. La perspectiva de tener que vivir muchos años, perseguidos por mis alaridos finales y la culpa, deben haberlos decidido a hacerlo. No lo sé.

¡Cruel burla del destino!

Hubiera sido preferible morir aplastado contra las rocas.

Hace más de dos años que vago en las tinieblas.

Lo sé porque la pila de mi reloj, que era nueva cuando entramos, ha dejado de funcionar, y ninguna me había durado menos de dos años.

He sobrevivido. El hombre siempre sobrevive, pontificaría un antropocentrista.

Pero poco hay de humano en mí.

Estoy ciego, y el vello me ha crecido por todos lados. No puedo verlo, pero sé que es blanco como la nieve y sedoso como la pluma de un colibrí.

Mis genitales se han reducido considerablemente, y ahora camino sobre el borde interno del pie, como los monos cuadrumanos.

Los dedos gordos son aptos ahora para coger cosas, y su conformación se asemeja cada vez más a la de los pulgares de mis manos.

Cazo animales para comerlos: escarabajos, orugas -algunas grandes como un gato-, unos veloces reptiles blanduzcos y ciegos, parecidos a lagartijas... Hace un tiempo encontré la carroña de unos murciélagos y la devoré con fruición. Los pobres animalitos deben haberse perdido, -como yo mismo- y perecieron de hambre.

Calmo mi sed lamiendo la humedad que rezuman las paredes, y soy el amo de mi territorio.

He explorado cientos, miles de kilómetros de cuevas y pasadizos, sin hallar jamás un túnel ascendente, una débil filtración de luz ni un solo sonido...

Salvo mi voz.

Ya no soy capaz de hablar, y sólo puedo producir sonidos animales: aullidos, ronquidos sordos, graznidos de placer... o de dolor.

El proceso de bestialización es cada vez más veloz y pronunciado.

Soy un ser monstruoso que corre en las tinieblas: mato y reino.

Mis procesos mentales se van haciendo cada vez más rudimentarios y primitivos; los momentos de lucidez se espacian más y más.

He perdido las esperanzas: nunca más saldré de aquí.

¡Dios mío, ayúdame!

¡No quiero rugir, no quiero ladrar!

Ya no puedo ni siquiera suicidarme. Los animales no se suicidan.

¡No me abandones, Señor!

¿Qué es lo que queda de mi alma...?

Las tinieblas....

Frío...

Dureza.

Terror.

Voy a pasar mucho tiempo recorriendo mis dominios.

En silencio.

Tranquilo.

Señor de lo Profundo, Rey de lo Terrible.

Y, algunas veces, sólo algunas veces, voy a sentarme sobre alguna roca helada.

Voy a sentarme a pensar en tí.

Ya no soy humano.

¡Ayúdame!

¡No me dejes solo!

¡No puedo pensar...!

 

© 2000 by Marcelo Dos Santos, Buenos Aires, República Argentina - Todos los derechos reservados - Queda hecho el depósito que marca la Ley 11.723 - Registro de la Propiedad Intelectual Nº 50040 - Es propiedad del autor - Obra protegida por la Ley 11.723 de Propiedad Intelectual, su Decreto Reglamentario,Leyes concordantes y modificatorias, así como por los Convenios nacionales e internacionales sobre Propiedad Intelectual – Permitida la reproducción total y/o parcial con expresa mención del autor y la fuente y notificación previa. Prohibida la edición, copia, fotocopia,adición, sustracción, modificación, tratamiento informático, transmisión, mimeografiado, edición, publicación, traducción y/o adaptación sin la expresa autorización escrita del autor y/o sus representantes legales,apoderados, agentes, sucesores, administradores y/o derechohabientes. La violación de esta prohibición dará lugar a las acciones judiciales civiles y/o criminales a que se refieren las normas vigentes sobre la materia en todo el mundo. Todos los hechos, nombres, personajes, caracteres y episodios narrados en la presente obra son ficticios y, como tales, fruto exclusivamente de la imaginación del autor. En consecuencia, cualquier semejanza con hechos, nombres y caracteres presentes o pasados y con personas vivas o muertas, obedecerá a la mera casualidad.